18 de marzo de 2009

Había una vez...la escoba voladora




Había una vez un brujita pequeña, de rostro redondeado y ojillos brillantes. Tenía el pelo teñido de blanco por el paso del tiempo y lo llevaba recogido hacia atrás en un gracioso moño. Durante el día se divertía volando con su escoba por el bosque, mientras que jugaba persiguiendo pajarillos, ciervos, ardillas, mariposas y libélulas... Junto a los murciélagos daba la bienvenida a la noche echando carreras volando torpemente, bajo el reflejo de la luna. Le gustaba sobrevolar el lago alegremente y al pasar rozaba con sus manos el agua tibia. Los búhos disfrutaban mientras la miraban con sus grandes ojos espantados.Volvía a casa agotada, se echaba en la cama totalmente rendida y dormía plácidamente todo lo que el cuerpo le pedía.
Un día al levantarse fue a coger su escoba y se dio cuenta de que no estaba en el lugar donde ella normalmente la dejaba. Miró en todos los rincones de su casa: debajo de la cama, detrás del sofá, encima del armario, incluso dentro de la nevera, pero la escoba no aparecía por ninguna parte.
La brujita se puso triste. Su escoba voladora había desaparecido! Decidida a seguir haciendo su vida habitual, salió al bosque para jugar con los animales y divertirse como siempre había hecho. Cuando vio a sus amigas las ardillas, se acercó... y ellas empezaron a corretear entre los árboles y a subir por los troncos hasta llegar a las ramas. Se dio cuenta de que no podía seguirlas. Se cansaba, el ritmo de las ardillas era rápido y a ella le costaba demasiado... Luego vio al grupo de pajarillos que revoloteaba alegremente y decidió seguirlos, saltando para darles alcance. Se sintió exhausta e incapaz. Lo mismo le pasó con las mariposas, libélulas y con los ciervos. Caía la noche y quiso darle la bienvenida a la oscuridad jugando con los murciélagos como siempre hacía, pero una vez más se dio cuenta de que no podía seguir el vuelo desordenado de sus amigos. Se sentó a la orilla del lago. Observaba el reflejo de la luna en el agua cuando el vuelo de un búho la sacó de su ensimismado pensamiento. De nuevo hizo el intento de seguirlo y jugar con él.... El búho se posó sobre la rama de un árbol, junto al lago, y se quedó quieto acompañándola con su mirada fija y neutra. La brujita metió los pies en el agua, mientras la luz de la luna le iluminaba la cara. Comenzaba a darse cuenta de que todo había cambiado para ella.
Era ya tarde cuando volvió a casa y se metió en la cama para descansar. Por primera vez durmió larga y profundamente, como antes nunca había hecho.

Al día siguiente abrió los ojos despacio y observó a su alrededor la casa donde habitaba. Se dio cuenta de que tenía una chimenea grande, que nunca había utilizada. Se dio cuenta de ese enorme espacio suyo, algo desordenado, del que nunca se había ocupado, pues siempre estaba fuera. Ese día decidió quedarse dentro y arreglar un poco su casa. Con un poco de madrea, encendió la chimenea y se sentó cerca de la lumbre. No llegaba a recordar si estuvo encendida alguna vez. Buscó leña para el fuego por la casa, fue al cobertizo pero no había nada. Así que salió al bosque. Fue recogiendo trozos de madera que encontraba mientras sus amigos la miraban asombrados y le pedían que jugara con ellos.

-"Ahora necesito encender el fuego de mi casa, no puedo jugar con vosotros como lo hacía antes", les dijo las brujita.

Cuando recogió suficiente madera, volvió a casa y se dispuso a encender el fuego en la chimenea. Colocó primero pequeños palos finos que prendía con facilidad y sopló con energía. Después colocó los troncos más grandes y el fuego empezó a crecer. Ella se quedó enfrente obsevando el balanceo de las llamas al moverse y cambiar de color: rojo, amarillo,naranja...Y sintió presencia, un estar en sí misma que nunca antes había sentido, una extraña paz interna que nunca antes había tenido... Al rato, el fuego se apagó. Se había quedado sin leña y fue al bosque a buscar más. Había caído la noche hacía un rato. La luz de la luna iluminaba la oscuridad y le fue fácil encontrar trozos de madera en el bosque. Se cruzó con el búho, que sin decir nada, la miró con sus grandes ojos y movió la cabeza hacia un lado con un estraño gesto, mientras ella seguía recogiendo leña. Volvió a casa. En la chimenea, aún quedaban brasas en el fuego así que volvió a encenderlo fácilmente. Se quedó toda la noche observando las llamas y el crujido de las ramas al arder. Se sentía sola y a la vez acompañada, se sentía vacía, como si nada en su vida hubiera tenido sentido alguno, y se sentía llena a la vez, dándose cuenta del valor de su propia existencia...Había descubierto otro lugar que era su propia casa, de la que nunca antes había disfrutado realmente. De alguna manera, ya nada volvería a ser como antes.
Su vida había cambiado. Ahora pasaba más tiempo en casa, cocinando, leyendo y aprendiendo nuevos trucos de magia. Paseaba por el bosque para recoger leña y charlaba con sus amigos, los cuáles respetaban que ya no pasara tanto el tiempo jugando con ellos, pues sabían que ya no tenía escoba. Ahora ellos iban a visitarla a casa, sobre todo sus principales amigos, las ardillas y los pájaros. Se contaban cómo les había ido el día en el bosque, relataban viejas historias y se reían sentados a la luz del fuego.Día tras día recibía más visitas. En el bosque se había corriendo la voz de la existencia de la chimenea en la casa de la brujita. Ella los recibía ya veces, se sentían tan bien en aquella casa que no quería marcharse. Ahora ellos recogían madera del bosque para el fuego, le llevaban bayas y otros frutos rojos con los que ella hacía mermelada al instante con sus nuevas recetas de magia, moviendo sus manos ágilmente. Tostaban pan y merendaban alrededor de la lumbre.

Un día un pequeño cervatillo apareció delante de sus casa. Sostenía entre sus cuernos trozos de madera y entre ellos, cuál fue su sorpresa! Le pareció ver su escoba sucia y arañada...Sí!, era su escoba!

- ¿Dónde la has encontrado?, le preguntó la bruja.
- "Estaba enredada en la maleza, no lejos de aquí", le contestó el cervatillo.

La bruja se puso muy contenta. ¿Cómo había ido a parar allí? Acostumbraba a ser muy despistada. Un día por descuido, dejó la escoba a la entrada de la casa mientras entraba, entre risas y algo alterada tras jugar persiguiendo a la ardilla alrededor del bosque. Tenía una vida tan alocada y hacía todo tan rápido que, a menudo, no prestaba atención a las cosas. Dio las gracias al cervatillo y dio la noticia a los demás animales, que estaban en su casa. Salieron al bosque a jugar, a comer y a bailar para celebrarlo. Esta vez, para volver, la bruja caminó a su casa y algunos animalitos la acompañaron. Al llegar ellas les invitó a entrar y sentados alrededor de la chimenea, tostaron pan, untaron miel y compartieron algunas hortalizas asadas.

Esa noche la brujita durmió más plácidamente que nunca, con el deseo de cuidarse y cuidar lo suyo, y compartir con los demás lo mejor que podía llegar a tener.

SOBRE LA ESCOBA VOLADORA..
La escoba voladora en la vida, es la metáfora de la huida del contacto con uno mismo, con nuestro ser interior, con nuestra verdadera identidad, nuestra esencia. Se refiere a buscar fuera aquello que sólamente podemos encontrar dentro de nosotros. Es ir hacia fuera, metafóricamente hablando "volar", perder el contacto con la tierra.
De repente hay un "click", hay un cambio y perdemos la escoba voladora. Ya no podemos escapar de nosotros mismos. Ahora la brujita es incapaz de seguir a los animalillos del bosque.
A la orilla del lago, siente el vuelo del búho y sus ojos se fijan en ella. Es la llamada de nuestra propia conciencia. La luna le ilumina el rostro y mete los pies en el agua del lago. Esto es: empezar a ser capaces de sentir y darnos cuenta.
Su casa con su chimenea, se refiere a nuestro propio espacio. El calor interno la vida interna; supone el iluminar una parte interior de la que nunca antes nos hemos ocupado. Nuestras ideas,nuestros deseos, nuestras verdaderas necesidades...
Una vez encendido el fuego quedan las brasas. Con las brasas es fácil volver a encender un fuego. Cada vez que nos reconocemos damos luz a la conciencia y nos es más fácil volver a ella, volver a nosotros mismos. Esto se convierte en una necesidad de bienestar, de contacto con nuestro ser más auténtico. Significa el descubrimiento de la "propia casa" de la brujita. Significa dedicar más tiempo a uno mismo, significa compartir desde otro lugar; compartir aquello que realmente es de uno y estar con el otro desde uno mismo. Y recibir además el apoyo de los demás: los animales recogen madera para alimentar el fuego y le llevan a la brujita bayas y frutos rojos. El rojo es símbolo de nuestra raíz en la tierra.
En el cuento la brujita recupera su esencia: aprende nuevos trucos de magia y en un pliss, obtiene mermelada para el pan. Recuperar nuestra esencia es endulzar nuestra vida.
Al recuperar la escoba recupera el poder de elegir. Es consciente de su poder de decisión. Y celebra su nuevo encuentro, el encuentro con una parte suya, ahora desde un nuevo lugar: la conciencia, el darse cuenta.

Isabel M. Chueco Ruiz

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